No es cosa fácil desentrañar el hilo de aquello que nos
conmovió alguna vez. Desenredando la madeja del tiempo, aparecen melodías con
palabras. “Duerme, duerme, negrito que tu
mama está en el campo negrito” en una voz cercana, antes de acostarme.
Mi nombre también aparece en otra voz, que todavía me acompaña, siempre la de
mi mamá pero también es la de Serrat que canta “Vuela esta canción, para ti Lucía”. Puedo reconocerme en esos
versos.
Más tarde pude elegir, y el Rey León me enseñó que no siempre
pierden los mismos. Y el tiempo pasa, y aunque me ponga vieja, la vuelvo a
mirar cada vez que puedo.
La adolescencia me trajo algunos libros que no olvido, pero
tampoco ahora recuerdo. “Demian” fue un descubrimiento que después de
sorprenderme, dejó de existir. "La Metamorfosis" cambió los ojos con los que
miraba el mundo, y "Cien Años de Soledad" me quedó guardado para siempre. Las
primeras lecturas llegaron de la mano de mi hermana, y algunas de las últimas
también. Entre las cosas que me gustan, una es asaltar su biblioteca.
Silvio Rodríguez se fue mezclando con los Redondos y con la
cumbia Villera, y a medida que los escuchaba iba entendiendo que muchas cosas
convergían en ellos, aunque sonaran tan distintos. Todos le cantan a las causas
que a veces parecen perdidas, y por las que vale la pena trabajar. Al compás de
su propio ritmo, ellos y yo queremos un mundo más justo. Eso nos une.
Lo último que llegó a esta textoteca es una marea de lecturas
verdes. El feminismo y lo que viene de él, abrigando este tiempo sin tiempo.
Por Lucía Mattuz
Estudiante del Profesorado de Lengua y Literatura

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