“Cuenta
la gente/ allá en el pago/ lo sucedido/ entre dos hermanos/ con triste grito/
busca a su hermano/ Kakuy se llama/ y vive penando/ de esta leyenda no hay que
olvidarse, que los hermanos no dejen de amarse”. Canción que viaja a lo
profundo de mis recuerdos, y desancla del fondo los aromas, las vivencias, las
miradas de mi pago donde nací, Santiago Del Estero, que evoca mis añoranzas,
“donde se pita cigarro en chala y el ser criollo es un honor”, donde el calor
te surca la piel, y en ellas se relatan las danzas de su siesta, y los
misterios del amor, de los cuentos de mi padre, una enciclopedia enamorada de
la vida, como el soldadito de plomo, que
enamorado de una bailarina de papel con una lentejuela en el vestido que baila
sobre una pierna, tuvo muchas desventuras, que lo llevaron de vuelta a casa, y
sentado en la mesita toma el matecocido calentito, antes de tomar distancia y
entonar: “Alta en el cielo/ un águila guerrera/ audaz se eleva/ en vuelo
triunfal”; luego tomados de las manos; al salón se entraba cantando arroz con
leche me quiero casar, como el lobo a caperucita roja que no la pudo comer,
tampoco pudo tirar las casas de los tres chanchitos pero vino a vestirse en mi
jardín, y se está poniendo las botas para salir a comernos. También en esos
lugares habita un ser muy temido, que según cuenta la leyenda se lleva a todos
los chicos, arrastrando cadenas se pasea de noche por las callecitas, le dicen
el Almamula, que todas las tardes descansa bajo mi planta de naranja lima y me
siento un Zezé, escribiendo mi día a
día, en un cuaderno fino mis deseos, mis temores como mi amiga Anna, se enamora
de sus palabras, y recita en ellas las más temidas aventuras.
Me
paseo de una planta a otra, silbando una chacarera, montaraz, que “es sana
melodía, arrullo de toro y cabra, nido tigre y puma, más criolla que ninguna”.
Y después pienso, que es difícil que no se te erice la piel al cantarla con
pasión, como el amor de Homero Simpson, o Pity Alvarez, cantando “está saliendo
el sol, y es sin dudas mi Dios”; sin duda es la mirada penetrante de un perro
siberiano que por miedo a la traición encerró a su hijo en una torre, “porque
la vida es un sueño y los sueños vida son”, como los sueños de Alonso Quijano,
que se enfrentó a unos gigantes con su fiel compañero Sancho, que con Virgilio
acompañó a Dante al infierno, y su amada Beatriz al paraíso.
Luego
Beatriz Viterbo, que enamoró a Borges, aún después de la vida, lo acompañó a
ver un punto donde se cruzan todos los puntos, y a través de él pudo ver desde
todas las hormigas que habitan el planeta, hasta las pirámides de Egipto; y con
ella fue a jugar a la Rayuela, como lo hacía en el patio de mi escuela, en un
pueblo llamado Macondo, donde el coronel Aureliano Buendía nos quería llevar a
conocer el hielo, que habían traído unos viajantes. Puedo ser todos ellos y
muchos más, que voy sacando de mi mochila el entramado literario o quizás de mi
alma; “Somos, así, los libros que hemos leído. O somos, de lo contrario, el
vacío que la ausencia de los libros ha abierto en nuestras vidas”.
Por Natalia Montes
Estudiante del Profesorado de Lengua y Literatura

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