Había una vez una niña llamada Caperucita roja que tenía su balanza
mental bastante equilibrada en todos los sentidos. Sus días pasaban sin mayores
problemas, solía jugar en la vereda todo el día y volvía a casa solo cuando tenía
hambre. Sus amigas la consideraban toda una aventurera, no le temía a nada, aun
así, era muy precavida en cada paso que daba. Era la narradora del grupo, su
astucia para contar historias complicaba a sus amigas a la hora de discernir si
eran verdaderas, falsas o solo estaban muy bien adornadas.
Otros en el pueblo, dadas sus fuertes argumentaciones políticas, tomaban
su palabra como una broma. Caperucita era conocida por molestar constantemente
en las reuniones asamblearias del pueblo, con su intento de hacer un nuevo
video sobre la meseta que había del otro lado de la casa y que ciertos
empresarios, bastantes charlatanes, querían explotar. Algunos hasta la
comparaban con Greta Thunberg por su valentía, mientras que otros, por esta
misma razón, la criticaban. Pero lo que pensaran sobre ella no le importaba,
solo quería poder seguir jugando en el patio de atrás, inventando historias con
sus amigas sin que nadie las molestara y sabiendo que no correrían ningún
peligro.
Su madrastra, era mirada por el resto del pueblo como una excusa andante
para vender biblias a protestantes y católicos, que no dejaba dormir a nadie.
Quizás, haya sido su apariencia desprolija la que daba esa sensación, más allá
de los numerosos ejemplares del mayor best seller de todos los tiempos que
llevaba a diario en su mochila. A pesar de los rumores que se inventaran sobre
ella, Caperucita la apreciaba mucho.
Un día, la madrastra le pidió a Caperucita que fuera a buscar un espejo
mágico que tenía en la playa cerca del mar donde vivía la anciana más vieja del
pueblo, llamada Abuelita de los Zombis, quien había publicado en Twitter que lo
había encontrado.
Para llegar a la playa, Caperucita debía cruzar el bosque de caramelos,
donde vivía el lobo, un frustrado periodista que prudentemente usaba el barbijo
la mayoría del tiempo, pero que era demasiado chusma y quizás retrasaría a
Caperucita tratando de averiguar a dónde iba, qué era el espejo, de dónde
conocía a Abuelita, y esas cosas. Por lo
tanto, Caperucita, debía evitar cruzarse con él, y así poder ir y volver en el
día antes de que oscurezca.
No hizo dos pasos dentro del bosque, que el lobo ya la estaba esperando.
Le preguntó que hacia dónde se dirigía. Caperucita se agarró la cabeza
con todas sus fuerzas, sabía que sería difícil zafar del interrogatorio. En
cuestión de segundos pasaron por su mente miles de preguntas posibles e
historias interminables que no le permitirían llegar a tiempo. Pero para su sorpresa, mientras aún intentaba
pensar en una posible escapatoria, el lobo agregó:
En épocas de virus, debes usar barbijo, no importa a quien
vayas a visitar. Te puedo prestar uno,
acompáñame.
Caperucita se apresuró a contarle que debía volver a su casa antes de la
noche con el encargo de su madrastra. A lo que el lobo realmente se ofendió, no
solo por el hecho de los descuidos sanitarios de Caperucita, sino porque creyó
fuertemente que no confiaba en él. Caperucita siguió insistiendo, pero el lobo
seguía sin permitirle el paso, hasta que finalmente accedió a usar el barbijo
prestado. El lobo se lo dio, se ofreció a acompañarla para mayor seguridad,
aunque en realidad quería utilizarla como fuente informativa en algunos de sus
artículos sobre el pueblo. Todo el resto del camino, no hubo un segundo de
silencio, preguntaba y preguntaba casi sin respirar.
Cuando se acercaron a la casa de Abuelita, vieron en la puerta a un
grupo de hombres vestidos elegantemente con maletines que le hablaban con mucho
énfasis y movían todo el cuerpo para expresarse. Eran los empresarios.
El lobo, no paraba de hablar y cada tanto, en búsqueda de su atención,
le giraba la cabeza con las dos manos hacía su rostro cuando ella,
involuntariamente y por el aburrimiento, la corría. En ese momento de total de
hartazgo, Caperucita se dio cuenta de que podía matar dos pájaros de un tiro,
como dice el popular dicho. Solo tenía que reunir al lobo parlanchín con los
empresarios. De esta manera podría
aprovechar mientras el lobo los entrevistaba para buscar el espejo, volver a casa
y advertir al pueblo sobre la venta de tierras a los empresarios que querían
explotarlas sin dejarles nada a cambio más que un par de monedas.
Y así lo hizo. Tuvo tiempo de
hacer todo lo que se propuso. Hasta alcanzó a ir casa por casa con la propuesta
de echar a los empresarios del lugar. Y los pueblerinos y pueblerinas vivieron
felices y realizaron reuniones, algunas un tanto turbias y otras épicas, llenas
de espejos mágicos, zombies, activistas, las amigas de caperucita, y otras
personalidades más.
Por Débora Escobar Palma
Profesorado de Nivel Primario

No hay comentarios:
Publicar un comentario